Gálatas 5:22-23
La frase “el
fruto del Espíritu” ha causado mucha confusión por los años. Tal vez sería más
fácil comenzar explicando lo que no es
el fruto del Espíritu. No es el resultado de un esfuerzo que puede hacer uno.
No el esfuerzo de tener fe ni de obedecer o ser amoroso. El fruto del Espíritu
no tiene nada que ver con un esfuerzo que puede hacer un creyente.
El fruto del Espíritu es el resultado natural de la presencia del Espíritu
Santo dentro del creyente. Filipenses 2:13 dice, “pues Dios es quien
produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena
voluntad.” Dios cumple esto por medio del Espíritu Santo dentro del creyente,
cambiando su carácter (Filipenses 1:6) y manifestando el buen “fruto”.
La función del
Espíritu Santo es conformarnos a la imagen de Cristo, haciéndonos más
semejantes a Él. La vida cristiana es una batalla entre la naturaleza
pecaminosa y la nueva naturaleza que Cristo nos ha dado (II Corintios 5:17).
Como seres humanos caídos, seguimos atrapados en un cuerpo que desea cosas
pecaminosas (Romanos 7:14-25). Como cristianos, tenemos el Espíritu Santo
produciendo su fruto en nosotros y contamos con su poder para vencer las obras
de la naturaleza pecaminosa (II Corintios 5:17; Filipenses 4:13). Un cristiano
nunca alcanzará la victoria completa en la manifestación constante de los
frutos del Espíritu Santo. Sin embargo, uno de los propósitos principales de la
vida cristiana es permitir progresivamente que el Espíritu Santo produzca cada
vez más de su fruto en nuestras vidas y que venza los deseos pecaminosos que se
le oponen. El fruto del Espíritu es lo que Dios desea que nuestras vidas
reflejen y, con la ayuda del Espíritu Santo, ¡es posible!
El fruto del
Espíritu es un pasaje bien conocido de la Biblia que muchos cristianos se
esfuerzan por comprender y poner en práctica. Un detalle que a menudo se pasa
por alto es que “fruto” está en singular, no en plural, lo que enfatiza que no
se trata de rasgos separados que los creyentes eligen a su gusto, sino de un
todo unificado que debe estar presente en todo cristiano. Este fruto es la
evidencia de la nueva naturaleza dada a quienes están en Cristo (resultado
directo de ser una nueva creación y de despojarse del viejo hombre).
La palabra "fruto"
en este contexto se refiere a los resultados o manifestaciones de la presencia y
la obra del Espíritu Santo en la vida de un creyente. Es importante
destacar que el fruto del Espíritu no se trata de nuestras propias obras o
esfuerzos, sino de la transformación interna que el Espíritu Santo
realiza en nosotros.
El fruto del Espíritu nos ayuda en nuestros problemas, a tener relaciones saludables con los
demás, con nuestra familia, nuestros hermanos en la congregación y nuestras
amistades, es vital para nuestra vida cristiana.
Dios ha hecho
posible que sea accesible este fruto por medio del Espíritu Santo, es decir,
que cuando recibimos el Espíritu de Dios entonces podemos dar fruto, de lo
contrario, no es posible producir el fruto del Espíritu Santo.
No podemos
producir fruto espiritual por nuestra cuenta; no podemos simplemente
proponernos ser más amables ni esforzarnos más para ser más gozosos o fieles.
Sin embargo, las Escrituras sugieren que los seres humanos participamos de
alguna manera en la creación de las condiciones para el crecimiento del fruto
espiritual. Para que la vida de la vid dé fruto en nosotros, debemos
conectarnos firmemente a ella, siguiendo el camino de vida en lugar del
nuestro.
La relevancia de
llevar frutos implica ciertos aspectos a tener en cuenta conforme a las
escrituras. Uno de ellos es que Jesucristo fue claro al decir: “por sus frutos los conoceréis” (Mateo
7:20), siendo este un método para identificar falsos profetas y maestros;
además, pone en manifiesto la realidad de la persona, lo que hay en su corazón.
El fruto del Espíritu Santo nos ayuda a darnos a conocer como hijos de Dios.
LA NATURALEZA SINGULAR DEL FRUTO DEL ESPÍRITU:
El hecho de que
Pablo se refiera al “fruto” en lugar de a los “frutos” es significativo.
Significa que estos atributos son colectivamente un solo producto de la obra
del Espíritu Santo en la vida de un creyente. A diferencia de los dones del
Espíritu, que pueden variar de un creyente a otro, el fruto del Espíritu debe
ser completo en todo cristiano. El Espíritu Santo que mora en nosotros produce
todas estas cualidades como un todo cohesivo, lo que significa una
transformación en el corazón y la vida del creyente.
LA NUEVA NATURALEZA: EL VIEJO HOMBRE VS. EL NUEVO
HOMBRE:
Para comprender
plenamente el fruto del Espíritu, es crucial entender el concepto del viejo
hombre frente al nuevo hombre. Pablo explica este contraste en Efesios 4:22-24.
El viejo hombre representa nuestra naturaleza pecaminosa y caída antes de venir
a Cristo. Se caracteriza por todas las obras de la carne (Gálatas 5:19-21).
El nuevo hombre,
sin embargo, es el resultado de haber nacido de nuevo y haber sido transformado
por el Espíritu Santo (II Corintios 5:17) que dice: “De modo que si alguno está
en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son
hechas nuevas”. Esta nueva creación encarna los atributos del fruto del
Espíritu, no por el esfuerzo humano, sino por la obra transformadora del
Espíritu en su interior. Cada aspecto del fruto del Espíritu revela una faceta
de la nueva naturaleza del creyente y cómo contrasta con el viejo yo:
EL FRUTO COMO EVIDENCIA DE LA NUEVA CREACIÓN:
La presencia del
fruto del Espíritu es una característica distintiva del nuevo hombre. Gálatas
5:24 añade: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus
pasiones y deseos”. Esta crucifixión del viejo hombre permite que el nuevo
hombre viva y prospere en justicia. La transformación no se logra por la fuerza
humana, sino por el Espíritu que mora en nosotros, quien obra para conformar a
los creyentes a la imagen de Cristo.
VIVIENDO EL FRUTO DEL ESPÍRITU:
Caminar en el Espíritu
es esencial para que el fruto se manifieste. Gálatas 5:16 instruye: “Digo,
pues: Andad en el Espíritu, y no satisfaréis los deseos de la carne”. Caminar
en el Espíritu significa someternos diariamente a la guía de Dios y permitirle
que obre a través de nosotros. Es un proceso continuo en el que el creyente es
santificado y crece en madurez espiritual.
El fruto del
Espíritu es una entidad singular, que muestra la naturaleza armoniosa y
completa de la nueva creación en Cristo. Cada atributo está interconectado,
reflejando la plenitud de una vida transformada por el Espíritu Santo. El viejo
hombre se caracteriza por el pecado y los deseos de la carne, pero el nuevo
hombre encarna el fruto del Espíritu, evidenciando el verdadero nuevo
nacimiento y la transformación espiritual.
Los creyentes
están llamados no solo a exhibir uno o dos de estos atributos, sino a
encarnarlos todos como fruto de una naturaleza renovada en Cristo. Esta
transformación solo es posible mediante la obra del Espíritu Santo, quien continúa
santificándonos, asegurando que el fruto del Espíritu sea cada vez más evidente
en nuestras vidas.
LOS ASPECTOS DEL FRUTO DEL ESPÍRITU:
1. AMOR:
(Ágape)
Pablo
considera el amor como el fundamento de todos los demás. El amor en
este contexto se refiere al amor ágape, que es el amor incondicional y
sacrificial que Dios tiene hacia nosotros y que debemos tener hacia los demás. Por
lo tanto, el amor consiste en dar de uno mismo, para cuidar de otra persona.
Este amor es sacrificial e incondicional,
reflejo del amor de Cristo por la humanidad. Es el fundamento sobre el cual
descansan todos los demás atributos. Jesús dijo: “En esto conocerán todos que
sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13:35). El
viejo hombre puede amar de forma egoísta o condicional, pero el nuevo hombre
exhibe un amor que busca el bienestar de los demás sin esperar nada a cambio. El
amor ofrece perdón, nunca guarda rencor por los errores de los demás y siempre
trabaja para restaurar las relaciones (1 Corintios 13:4-7).
Sabemos que “el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”
(Romanos 5:5). “Dios es amor”, razón por la cual si nosotros tenemos el
Espíritu de Dios en nuestras vidas, debemos de producir el amor como parte del
fruto del Espíritu Santo.
2. GOZO:
Este
gozo no depende de las circunstancias, sino que está arraigado en la seguridad
de la presencia y las promesas de Dios. Romanos 15:13 lo expresa así: “Que el
Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer”. El viejo hombre
encuentra gozo en placeres mundanos y pasajeros, pero el gozo del nuevo hombre
es duradero y está ligado a una relación con Dios.
Cuando hemos conocido a Jesucristo y hemos sido llenos de su presencia,
este gozo emana en nuestras vidas como cristianos, podemos mostrar en nosotros
el fruto del Espíritu Santo y experimentar este gozo a pesar de los problemas,
dificultades, adversidades, tribulaciones, conflictos, pues “el gozo del Señor
es nuestra fortaleza (Nehemías 8:10). Jesucristo quería que su gozo esté
en nosotros y que nuestro gozo sea cumplido (Juan 15:11). También recordemos
que el reino de Dios es “gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).
3. PAZ:
La
palabra griega para "paz", eirene, se refiere tanto a la paz interior
en nuestros corazones como a la paz en las relaciones con los demás. La paz del
Espíritu trasciende el entendimiento y guarda el corazón del creyente
(Filipenses 4:7). Es una tranquilidad profunda, calma, y quietud que proviene
de confiar en la soberanía de Dios. La paz no es ausencia de luchas o pruebas,
sin embargo, se puede sentir una paz interna en medio de situaciones
semejantes. El viejo hombre busca la paz a través de medios externos y
temporales, pero el nuevo hombre experimenta una paz interna y eterna. El reino
de Dios es “Paz en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).
4. PACIENCIA:
La
paciencia soporta injurias, insultos y problemas por mucho tiempo. No es
provocado fácilmente. Larga resistencia.
Este atributo permite a los creyentes soportar circunstancias y personas
difíciles con un corazón firme. Refleja la paciencia de Dios hacia nosotros (II
Pedro 3:9). El viejo hombre se enoja con facilidad y es impaciente, mientras
que el nuevo hombre muestra dominio propio y constancia.
5. BENIGNIDAD:
La
benignidad es un cuidado genuino por los demás es manifestado en palabras y
acciones. Es la cualidad de ser amable, apacible, tierno y suave. Una
disposición para ser gentil, de temperamento templado, culto y refinado de
carácter y conducta. Efesios 4:32 dice: “Sed benignos unos con otros,
misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a
vosotros en Cristo”. Es el deseo de tratar a todos con amabilidad tal como el
Señor lo hizo. El viejo hombre puede ser duro y egocéntrico, pero el nuevo
hombre refleja la benignidad de Cristo.
6. BONDAD:
Esta
cualidad es la integridad moral y la virtud que proviene de un corazón
transformado por Dios. Es el estado de calidad de ser bueno, específicamente
virtud, excelencia, amabilidad, generosidad, y benevolencia. Excelencia moral y
espiritual que se manifiesta en la iniciativa para emprender actos de
bondad. El viejo hombre puede parecer bueno por fuera, pero es corrupto
por dentro. El nuevo hombre, sin embargo, practica la bondad desde un corazón
que ha sido purificado por el Espíritu.
7. FE:
En
el Nuevo Testamento, la palabra griega pistis se refiere a “confianza” o
“fidelidad (Romanos 3:3). La fe y la fidelidad son dos caras de la misma
moneda, que engloban ideas como lealtad, fiabilidad, confianza y compromiso.
Tener
fe no significa simplemente creer o estar de acuerdo con afirmaciones sobre
Dios (Santiago 2:19). La fe es activa y requiere dependencia de Dios, una
confianza tan profunda que nos lleva a caminar en sus caminos.
Cuando
recibimos el Espíritu de Dios y aprendemos a depender de su estilo de vida por
encima de nuestras propias pasiones fluctuantes, también nos volvemos más
dignos de confianza y fieles. El viejo hombre a menudo es poco confiable y se
deja influenciar por las circunstancias, pero el nuevo hombre es fiel tanto en
las cosas pequeñas como en las grandes.
8. MANSEDUMBRE:
La
mansedumbre no es debilidad, sino fuerza controlada. Es la capacidad de
responder con humildad y gracia, incluso ante la provocación. Es la disposición
de ser gentil, amable, bien balanceado en temperamento y pasiones, paciente en
sufrir injurias sin sentir un espíritu de revancha. Se somete con paciencia a pesar
de la ofensa, sin deseo alguno de venganza o retribución. En el nuevo
testamento se emplea para describir tres actitudes: sumisión a la voluntad de
Dios (Colosenses 3:12), disposición a ser enseñados (Santiago 1:21) y
consideración de los demás (Efesios 4:2). Jesús se describió a sí mismo como “manso
y humilde de corazón” (Mateo 11:29). El viejo hombre puede reaccionar con
dureza o con orgullo, pero el nuevo hombre muestra mansedumbre.
9. TEMPLANZA:
Los
atletas demuestran autocontrol al evitar cosas placenteras que dañarían su
cuerpo. Aunque anhelen la satisfacción que brindan los alimentos, se
disciplinan para comer verduras y proteínas magras. Quizás deseen relajarse,
pero se esfuerzan por entrenar intensamente. Al ejercer control sobre sus cuerpos,
en lugar de permitir que sus deseos los controlen, se preparan para competir
con éxito. Pablo anima a la iglesia a aplicar ese mismo tipo de autodisciplina
al seguir los caminos de Dios (1 Cor. 9:24-27).
Buscar
la satisfacción de nuestros propios deseos a menudo parece el mejor camino
hacia la libertad. Pero sin autocontrol, terminamos siendo controlados por esos
deseos siempre cambiantes. Jesús y los autores del Nuevo Testamento consideran
que la buena vida se encuentra en vivir con amor a Dios y al prójimo en cada
situación. Aunque parezca contradictorio, ejercer autocontrol nos brinda
verdadera libertad.
El
viejo hombre sigue las pasiones de la carne, pero el nuevo hombre, empoderado
por el Espíritu, ejerce control sobre sus pensamientos y acciones.
CONTRA EL
FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO NO HAY LEY:
El fruto del Espíritu Santo es grato para nuestro Dios. También
son buenos para otros y para nosotros. Y contra tales cosas no hay ley. Con
esto Pablo nos dice que no es por medio de la ley o el legalismo porque el
fruto del Espíritu solamente depende de permanecer en Cristo.
CAMINAR SEGÚN
EL ESPÍRITU
Dios nos creó a su imagen y semejanza, y desde el principio nos ha
enseñado a reflejar su carácter divino. Lo hacemos dando buenos frutos
espirituales al hacer lo que es correcto a los ojos de Dios y cuidando de su
creación y de todos los seres que la habitan. Cuando nos servimos a nosotros
mismos y hacemos lo que nos parece correcto, reflejamos una imagen
distorsionada de Dios. Porque Dios no es egoísta en absoluto; Dios es amor
puro, siempre obrando para el bien de los demás.
Como seres humanos, no podemos perder la imagen de Dios, pero a menudo
terminamos distorsionándola, lo que permite que el fruto espiritual de Dios se
marchite y muera. Erróneamente, cambiamos la buena vida por algo tan valioso
como una manzana podrida.
Pero los autores bíblicos nos invitan a confiar en que, cuando vivimos a
la manera de Jesús también participamos en la obra del Espíritu. Dios renueva
su propia imagen en nosotros (II Corintios 3:18).
Así, caminar según el Espíritu crea las condiciones necesarias para que
Dios cultive en nosotros el fruto espiritual del amor, la alegría, la paz, la
paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio
propio: el fruto invaluable que trae sanación y vida a todos.

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