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EDUCATION: Holt High School, Holt Mich., Lansing Community College, Southwestern Theological Seminary, National Apostolic Bible College. MINISTERIAL EXPERIENCE:61 years of pastoral experience, 11 churches in Arizona, New Mexico and Florida. Missionary work in Costa Rica. Bishop of the Districts of New Mexico and Florida for the Apostolic Assembly. Taught at the Apostolic Bible College of Florida and the Apostolic Bible College of Arizona. Served as President of the Florida Apostolic Bible College. Served as Secretary of Education in Arizona and New Mexico.EDUCACIÓN:Holt High School, Holt Michigan, Lansing Community College, Seminario Teológico Southwestern, Colegio Bíblico Nacional. EXPERIENCIA MINISTERIAL:51 años de experiencia pastoral, 11 iglesias en los estados de Arizona, Nuevo México y la Florida. Trabajo misionera en Costa Rica. Obispo de la Asamblea Apostólica en los distritos de Nuevo México y La Florida. He enseñado en el Colegio Bíblico Apostólico de la Florida y el Colegio Bíblico Apostólico de Arizona. Presidente del Colegio Bíblico de la Florida. Secretario de Educación en los distritos de Nuevo México y Arizona.

Monday, February 16, 2026

VIVIENDO EL FRUTO DEL ESPÍRITU

Gálatas 5:22-23

La frase “el fruto del Espíritu” ha causado mucha confusión por los años. Tal vez sería más fácil comenzar explicando lo que no es el fruto del Espíritu. No es el resultado de un esfuerzo que puede hacer uno. No el esfuerzo de tener fe ni de obedecer o ser amoroso. El fruto del Espíritu no tiene nada que ver con un esfuerzo que puede hacer un creyente.

El fruto del Espíritu es el resultado natural de la presencia del Espíritu Santo dentro del creyente. Filipenses 2:13 dice, “pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” Dios cumple esto por medio del Espíritu Santo dentro del creyente, cambiando su carácter (Filipenses 1:6) y manifestando el buen “fruto”. 

La función del Espíritu Santo es conformarnos a la imagen de Cristo, haciéndonos más semejantes a Él. La vida cristiana es una batalla entre la naturaleza pecaminosa y la nueva naturaleza que Cristo nos ha dado (II Corintios 5:17). Como seres humanos caídos, seguimos atrapados en un cuerpo que desea cosas pecaminosas (Romanos 7:14-25). Como cristianos, tenemos el Espíritu Santo produciendo su fruto en nosotros y contamos con su poder para vencer las obras de la naturaleza pecaminosa (II Corintios 5:17; Filipenses 4:13). Un cristiano nunca alcanzará la victoria completa en la manifestación constante de los frutos del Espíritu Santo. Sin embargo, uno de los propósitos principales de la vida cristiana es permitir progresivamente que el Espíritu Santo produzca cada vez más de su fruto en nuestras vidas y que venza los deseos pecaminosos que se le oponen. El fruto del Espíritu es lo que Dios desea que nuestras vidas reflejen y, con la ayuda del Espíritu Santo, ¡es posible!

El fruto del Espíritu es un pasaje bien conocido de la Biblia que muchos cristianos se esfuerzan por comprender y poner en práctica. Un detalle que a menudo se pasa por alto es que “fruto” está en singular, no en plural, lo que enfatiza que no se trata de rasgos separados que los creyentes eligen a su gusto, sino de un todo unificado que debe estar presente en todo cristiano. Este fruto es la evidencia de la nueva naturaleza dada a quienes están en Cristo (resultado directo de ser una nueva creación y de despojarse del viejo hombre).

La palabra "fruto" en este contexto se refiere a los resultados o manifestaciones de la presencia y la obra del Espíritu Santo en la vida de un creyente. Es importante destacar que el fruto del Espíritu no se trata de nuestras propias obras o esfuerzos, sino de la transformación interna que el Espíritu Santo realiza en nosotros.

El fruto del Espíritu nos ayuda en nuestros problemas, a tener relaciones saludables con los demás, con nuestra familia, nuestros hermanos en la congregación y nuestras amistades, es vital para nuestra vida cristiana.

Dios ha hecho posible que sea accesible este fruto por medio del Espíritu Santo, es decir, que cuando recibimos el Espíritu de Dios entonces podemos dar fruto, de lo contrario, no es posible producir el fruto del Espíritu Santo.

No podemos producir fruto espiritual por nuestra cuenta; no podemos simplemente proponernos ser más amables ni esforzarnos más para ser más gozosos o fieles. Sin embargo, las Escrituras sugieren que los seres humanos participamos de alguna manera en la creación de las condiciones para el crecimiento del fruto espiritual. Para que la vida de la vid dé fruto en nosotros, debemos conectarnos firmemente a ella, siguiendo el camino de vida en lugar del nuestro.

La relevancia de llevar frutos implica ciertos aspectos a tener en cuenta conforme a las escrituras. Uno de ellos es que Jesucristo fue claro al decir: “por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20), siendo este un método para identificar falsos profetas y maestros; además, pone en manifiesto la realidad de la persona, lo que hay en su corazón. El fruto del Espíritu Santo nos ayuda a darnos a conocer como hijos de Dios.

LA NATURALEZA SINGULAR DEL FRUTO DEL ESPÍRITU:

El hecho de que Pablo se refiera al “fruto” en lugar de a los “frutos” es significativo. Significa que estos atributos son colectivamente un solo producto de la obra del Espíritu Santo en la vida de un creyente. A diferencia de los dones del Espíritu, que pueden variar de un creyente a otro, el fruto del Espíritu debe ser completo en todo cristiano. El Espíritu Santo que mora en nosotros produce todas estas cualidades como un todo cohesivo, lo que significa una transformación en el corazón y la vida del creyente.

LA NUEVA NATURALEZA: EL VIEJO HOMBRE VS. EL NUEVO HOMBRE:

Para comprender plenamente el fruto del Espíritu, es crucial entender el concepto del viejo hombre frente al nuevo hombre. Pablo explica este contraste en Efesios 4:22-24. El viejo hombre representa nuestra naturaleza pecaminosa y caída antes de venir a Cristo. Se caracteriza por todas las obras de la carne (Gálatas 5:19-21).

El nuevo hombre, sin embargo, es el resultado de haber nacido de nuevo y haber sido transformado por el Espíritu Santo (II Corintios 5:17) que dice: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Esta nueva creación encarna los atributos del fruto del Espíritu, no por el esfuerzo humano, sino por la obra transformadora del Espíritu en su interior. Cada aspecto del fruto del Espíritu revela una faceta de la nueva naturaleza del creyente y cómo contrasta con el viejo yo:

EL FRUTO COMO EVIDENCIA DE LA NUEVA CREACIÓN:

La presencia del fruto del Espíritu es una característica distintiva del nuevo hombre. Gálatas 5:24 añade: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Esta crucifixión del viejo hombre permite que el nuevo hombre viva y prospere en justicia. La transformación no se logra por la fuerza humana, sino por el Espíritu que mora en nosotros, quien obra para conformar a los creyentes a la imagen de Cristo.

VIVIENDO EL FRUTO DEL ESPÍRITU:

Caminar en el Espíritu es esencial para que el fruto se manifieste. Gálatas 5:16 instruye: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfaréis los deseos de la carne”. Caminar en el Espíritu significa someternos diariamente a la guía de Dios y permitirle que obre a través de nosotros. Es un proceso continuo en el que el creyente es santificado y crece en madurez espiritual.

El fruto del Espíritu es una entidad singular, que muestra la naturaleza armoniosa y completa de la nueva creación en Cristo. Cada atributo está interconectado, reflejando la plenitud de una vida transformada por el Espíritu Santo. El viejo hombre se caracteriza por el pecado y los deseos de la carne, pero el nuevo hombre encarna el fruto del Espíritu, evidenciando el verdadero nuevo nacimiento y la transformación espiritual.

Los creyentes están llamados no solo a exhibir uno o dos de estos atributos, sino a encarnarlos todos como fruto de una naturaleza renovada en Cristo. Esta transformación solo es posible mediante la obra del Espíritu Santo, quien continúa santificándonos, asegurando que el fruto del Espíritu sea cada vez más evidente en nuestras vidas.

LOS ASPECTOS DEL FRUTO DEL ESPÍRITU:

1. AMOR: (Ágape)

     Pablo considera el amor como el fundamento de todos los demás. El amor en este contexto se refiere al amor ágape, que es el amor incondicional y sacrificial que Dios tiene hacia nosotros y que debemos tener hacia los demás. Por lo tanto, el amor consiste en dar de uno mismo, para cuidar de otra persona.

     Este amor es sacrificial e incondicional, reflejo del amor de Cristo por la humanidad. Es el fundamento sobre el cual descansan todos los demás atributos. Jesús dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13:35). El viejo hombre puede amar de forma egoísta o condicional, pero el nuevo hombre exhibe un amor que busca el bienestar de los demás sin esperar nada a cambio. El amor ofrece perdón, nunca guarda rencor por los errores de los demás y siempre trabaja para restaurar las relaciones (1 Corintios 13:4-7).

Sabemos que  “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). “Dios es amor”, razón por la cual si nosotros tenemos el Espíritu de Dios en nuestras vidas, debemos de producir el amor como parte del fruto del Espíritu Santo.

2. GOZO:

     Este gozo no depende de las circunstancias, sino que está arraigado en la seguridad de la presencia y las promesas de Dios. Romanos 15:13 lo expresa así: “Que el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer”. El viejo hombre encuentra gozo en placeres mundanos y pasajeros, pero el gozo del nuevo hombre es duradero y está ligado a una relación con Dios.

Cuando hemos conocido a Jesucristo y hemos sido llenos de su presencia, este gozo emana en nuestras vidas como cristianos, podemos mostrar en nosotros el fruto del Espíritu Santo y experimentar este gozo a pesar de los problemas, dificultades, adversidades, tribulaciones, conflictos, pues “el gozo del Señor es nuestra fortaleza (Nehemías 8:10). Jesucristo quería que su gozo esté en nosotros y que nuestro gozo sea cumplido (Juan 15:11). También recordemos que el reino de Dios es “gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).

3. PAZ:

     La palabra griega para "paz", eirene, se refiere tanto a la paz interior en nuestros corazones como a la paz en las relaciones con los demás. La paz del Espíritu trasciende el entendimiento y guarda el corazón del creyente (Filipenses 4:7). Es una tranquilidad profunda, calma, y quietud que proviene de confiar en la soberanía de Dios. La paz no es ausencia de luchas o pruebas, sin embargo, se puede sentir una paz interna en medio de situaciones semejantes. El viejo hombre busca la paz a través de medios externos y temporales, pero el nuevo hombre experimenta una paz interna y eterna. El reino de Dios es “Paz en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).

4. PACIENCIA:

     La paciencia soporta injurias, insultos y problemas por mucho tiempo. No es provocado fácilmente. Larga resistencia.

Este atributo permite a los creyentes soportar circunstancias y personas difíciles con un corazón firme. Refleja la paciencia de Dios hacia nosotros (II Pedro 3:9). El viejo hombre se enoja con facilidad y es impaciente, mientras que el nuevo hombre muestra dominio propio y constancia.

5. BENIGNIDAD:

     La benignidad es un cuidado genuino por los demás es manifestado en palabras y acciones. Es la cualidad de ser amable, apacible, tierno y suave. Una disposición para ser gentil, de temperamento templado, culto y refinado de carácter y conducta. Efesios 4:32 dice: “Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Es el deseo de tratar a todos con amabilidad tal como el Señor lo hizo. El viejo hombre puede ser duro y egocéntrico, pero el nuevo hombre refleja la benignidad de Cristo.

6. BONDAD:

     Esta cualidad es la integridad moral y la virtud que proviene de un corazón transformado por Dios. Es el estado de calidad de ser bueno, específicamente virtud, excelencia, amabilidad, generosidad, y benevolencia. Excelencia moral y espiritual que se manifiesta en la iniciativa para emprender actos de bondad. El viejo hombre puede parecer bueno por fuera, pero es corrupto por dentro. El nuevo hombre, sin embargo, practica la bondad desde un corazón que ha sido purificado por el Espíritu.

7. FE:

     En el Nuevo Testamento, la palabra griega pistis se refiere a “confianza” o “fidelidad (Romanos 3:3). La fe y la fidelidad son dos caras de la misma moneda, que engloban ideas como lealtad, fiabilidad, confianza y compromiso.

     Tener fe no significa simplemente creer o estar de acuerdo con afirmaciones sobre Dios (Santiago 2:19). La fe es activa y requiere dependencia de Dios, una confianza tan profunda que nos lleva a caminar en sus caminos.

     Cuando recibimos el Espíritu de Dios y aprendemos a depender de su estilo de vida por encima de nuestras propias pasiones fluctuantes, también nos volvemos más dignos de confianza y fieles. El viejo hombre a menudo es poco confiable y se deja influenciar por las circunstancias, pero el nuevo hombre es fiel tanto en las cosas pequeñas como en las grandes.

8. MANSEDUMBRE:

     La mansedumbre no es debilidad, sino fuerza controlada. Es la capacidad de responder con humildad y gracia, incluso ante la provocación. Es la disposición de ser gentil, amable, bien balanceado en temperamento y pasiones, paciente en sufrir injurias sin sentir un espíritu de revancha. Se somete con paciencia a pesar de la ofensa, sin deseo alguno de venganza o retribución. En el nuevo testamento se emplea para describir tres actitudes: sumisión a la voluntad de Dios (Colosenses 3:12), disposición a ser enseñados (Santiago 1:21)  y consideración de los demás (Efesios 4:2). Jesús se describió a sí mismo como “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). El viejo hombre puede reaccionar con dureza o con orgullo, pero el nuevo hombre muestra mansedumbre.

9. TEMPLANZA:

     Los atletas demuestran autocontrol al evitar cosas placenteras que dañarían su cuerpo. Aunque anhelen la satisfacción que brindan los alimentos, se disciplinan para comer verduras y proteínas magras. Quizás deseen relajarse, pero se esfuerzan por entrenar intensamente. Al ejercer control sobre sus cuerpos, en lugar de permitir que sus deseos los controlen, se preparan para competir con éxito. Pablo anima a la iglesia a aplicar ese mismo tipo de autodisciplina al seguir los caminos de Dios (1 Cor. 9:24-27).

     Buscar la satisfacción de nuestros propios deseos a menudo parece el mejor camino hacia la libertad. Pero sin autocontrol, terminamos siendo controlados por esos deseos siempre cambiantes. Jesús y los autores del Nuevo Testamento consideran que la buena vida se encuentra en vivir con amor a Dios y al prójimo en cada situación. Aunque parezca contradictorio, ejercer autocontrol nos brinda verdadera libertad.

     El viejo hombre sigue las pasiones de la carne, pero el nuevo hombre, empoderado por el Espíritu, ejerce control sobre sus pensamientos y acciones.

CONTRA EL FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO NO HAY LEY:

El fruto del Espíritu  Santo es grato para nuestro Dios. También son buenos para otros y para nosotros. Y contra tales cosas no hay ley. Con esto Pablo nos dice que no es por medio de la ley o el legalismo porque el fruto del Espíritu solamente depende de permanecer en Cristo.

CAMINAR SEGÚN EL ESPÍRITU

Dios nos creó a su imagen y semejanza, y desde el principio nos ha enseñado a reflejar su carácter divino. Lo hacemos dando buenos frutos espirituales al hacer lo que es correcto a los ojos de Dios y cuidando de su creación y de todos los seres que la habitan. Cuando nos servimos a nosotros mismos y hacemos lo que nos parece correcto, reflejamos una imagen distorsionada de Dios. Porque Dios no es egoísta en absoluto; Dios es amor puro, siempre obrando para el bien de los demás.

Como seres humanos, no podemos perder la imagen de Dios, pero a menudo terminamos distorsionándola, lo que permite que el fruto espiritual de Dios se marchite y muera. Erróneamente, cambiamos la buena vida por algo tan valioso como una manzana podrida.

Pero los autores bíblicos nos invitan a confiar en que, cuando vivimos a la manera de Jesús también participamos en la obra del Espíritu. Dios renueva su propia imagen en nosotros (II Corintios 3:18).

Así, caminar según el Espíritu crea las condiciones necesarias para que Dios cultive en nosotros el fruto espiritual del amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio: el fruto invaluable que trae sanación y vida a todos.

 

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