DISCIPLINA
PARA PARTICIPAR DE LA SANTIDAD DE DIOS
Hebreos
12:5-14
¿CÓMO
SABER CUÁNDO ESTÁS EN EL REINO?
Las bienaventuranzas no son una lista de requisitos
para entrar en el Reino de Dios; son las señales o características de que ya
estás en el Reino. El Reino de Dios no es un lugar físico ni un gobierno
terrenal. Es algo mucho más grande y profundo. La palabra “Reino” proviene de
los términos “Rey” y “Dominio”.
El Reino de Dios es aquel lugar donde Dios reina
como Rey. Es su autoridad, Su presencia, su amor, su prosperidad, su poder, sus
principios, sus proyectos y su manera de hacer las cosas, actuando tanto en el
ámbito espiritual como aquí en la tierra y en nuestras vidas. En términos
sencillos, se refiere al gobierno y reinado de Dios como Rey soberano, tanto en
el cielo como aquí en la tierra. No se trata de religión, sino de una relación
y de seguir sus leyes, preceptos, mandamientos y estatutos. Jesús deja claro
que el Reino de los cielos se refiere al gobierno de Dios en la tierra. El
Reino de los cielos “se ha acercado”; ha llegado aquí, a esta tierra.
Cuando Jesús hablaba del Reino, aclaró que no es algo
que podamos señalar físicamente o localizar en un mapa; es una realidad que
podemos experimentar ahora mismo. En Lucas 17:21, Él dijo: “El Reino de Dios
está dentro de ustedes”. Jesús deja claro que el Reino de los cielos se refiere
al gobierno de Dios en la tierra. El Reino de los cielos se ha acercado; ha
llegado aquí, a esta tierra. Con esto, Él quería decir que el Reino es
espiritual y que comienza en nuestros corazones. No es un lugar al que vamos,
sino una vida que vivimos cuando nos rendimos ante Dios y permitimos que Él nos
guíe.
No se trata de ir al cielo algún día, sino de vivir
hoy en la presencia y el propósito de Dios. Una de las cuestiones que ha
frustrado y afectado a la iglesia a lo largo de los años es el concepto del
cielo. El cielo no es nuestra meta; no es nuestro objetivo. ¡Es nuestro
destino! Si eres salvo, al morir, no hay otro lugar al que puedas ir. Si te
esfuerzas por llegar al cielo, entonces tus objetivos son erróneos. Dios no
quiere que nosotros lleguemos al cielo; ¡Él quiere que el cielo entre en
nosotros! ¡La vida cristiana es mucho más que esforzarse por llegar al cielo!
LOS
DE LIMPIO CORAZÓN: (Mateo 5:8)
Hebreos 12:4 no se refiere al momento en que uno
muere y va al cielo. Debemos comprender que, si morimos en el Señor, vamos
automáticamente al cielo. “Ver al Señor” no es algo futuro, ¡es algo presente,
es ahora! A medida que vivimos más tiempo en el Señor, deberíamos llegar a
conocerlo mejor y ser capaces de verlo en nuestra propia vida (Proverbios
4:18).
No es posible ver a Dios con los ojos naturales;
solo se le puede ver mediante la visión espiritual. La visión espiritual es más
difícil de alcanzar, pero es mucho más valiosa que la visión natural. Cuando
comienzas a percibir las cosas, o a Dios mismo, a través de la visión
espiritual, esto produce un efecto en tu espíritu y transforma tu vida por
completo (Isaías 6:1-4).
LA
DISCIPLINA ES NECESARIA PARA LA SANTIDAD: (Hebreos 12:10)
La palabra “discípulo” proviene de la misma raíz que
“disciplina”. Si queremos ser verdaderos discípulos de Jesucristo, debemos
aprender a disciplinarnos. Esto significa, sencillamente, que debemos aprender
a someter nuestro cuerpo. Necesitamos ejercer control sobre nuestros deseos,
pensamientos, emociones y comportamiento.
En casi cualquier ámbito, como el deporte, la música
o la carrera militar, la disciplina es la clave del éxito. Nuestro llamado
principal es ser cristianos (a la semejanza de Cristo), y esto solo es posible
cuando nos disciplinamos.
Dios nos disciplina para nuestro propio bien, a fin
de que podamos participar de Su carácter santo. Si somos santos, veremos a
Dios. Pero, para ser santos, debemos recibir la disciplina de Dios. Él nos
disciplina para que podamos participar de Su santidad. Cuando comenzamos a
participar de Su santidad, entonces empezamos a ver.
VER
A DIOS:
Se requiere una santidad genuina para ver a Dios
cuando atravesamos una prueba o enfrentamos la adversidad. Necesitas santidad
(un corazón puro) para poder ver a Dios en estas situaciones. Muchas personas
se sienten incómodas cuando se menciona la palabra “santidad”. No les gusta el
término; le tienen miedo. La razón es que tienen un concepto equivocado de lo
que realmente es la santidad.
Muchos tienen la idea de que la santidad es algo
externo (maquillaje, vestimenta, peinado, y lo que uno hace o deja de hacer).
Durante mucho tiempo, la iglesia ha enseñado un concepto erróneo de lo que es
la santidad, por lo cual a muchos no les agrada, en lugar de amarla. La
santidad genuina no es externa, sino interna. El error que comete la iglesia es
definir la santidad por lo que no hacemos, en lugar de por lo que sí hacemos.
Cuando nos definimos a base de algo negativo (lo que
no hacemos), perdemos aquello que Dios intenta darnos. Cuando nos definimos de
una manera positiva (lo que sí hacemos), nuestro espíritu se libera, y nos
sentimos libres y llenos de gozo. La santidad es una conciencia que no está
cauterizada. La santidad no debe ser una palabra negativa, sino algo positivo
en lo que deberíamos deleitarnos. La santidad no consiste en el “hacer”, sino
en “ser”.
NECESITAMOS
SER DISCIPLINADOS:
¡Casi todo el mundo le teme a la disciplina! En el
fondo de su corazón, la mayoría teme a Dios. Nos da miedo pedirle a Dios que
tome el control de todo o que cambie todo, porque tememos que realmente lo
haga. El autor de la Epístola a los Hebreos no escribe acerca de personas
perfectas, sino de personas que hicieron algo por Dios (Hebreos 12:1-2). Si
rechazas la disciplina, no participas de la santidad y tus ojos se nublan; no
puedes ver a Dios.
Imagina que me siento en una silla porque aprecio mi
cuerpo y quiero cuidarlo; así que me quedo ahí sentado sin moverme, con el fin
de preservar mi salud. ¿Qué le sucederá a este cuerpo si permanezco inmóvil y
no lo utilizo? Comenzará a morir. La Biblia dice: “Si quiera salvar su vida, la
perderá” Si quiero salvar esta vida (mi cuerpo), debo cuidarlo, por lo que me
disciplino. Sin disciplina no hay santidad; y sin santidad, no puedo ver a
Dios.
¿Cuántos recuerdan que sus padres les decían: “Esto
me va a doler más a mí que a ti”? (Hebreos 12:5-8). ¿Por qué decían eso? Muchos
no lo entendimos hasta que fuimos padres. ¡Puede que Dios te haga sufrir, pero
nunca te hará daño! Experimentar algo desagradable no significa que Dios nos
esté castigando. Hay momentos en que Dios utiliza las luchas y las adversidades
para apartarnos del pecado mediante la corrección (Hebreos 6:7-8). En otras
ocasiones, simplemente se nos brinda una oportunidad de crecimiento, siendo “entrenados”
para alcanzar una fe más profunda. Esto resulta evidente en la relación entre
padres e hijos, donde un padre amoroso disciplina a su hijo. Al reflexionar
sobre el pasado, el hijo reconoce esa guía y respeta a su padre.
El autor señala que a nadie le gusta ser
disciplinado. Las adversidades son precisamente eso: momentos difíciles y una
prueba para nuestra fe. Mientras atravesamos una lucha, nuestra mente suele
centrarse en lo desagradable de la situación. Sin embargo, más tarde podemos
ver con mayor claridad cómo Dios utilizó esas experiencias para hacernos
crecer. Podemos apreciar un proceso de madurez impulsado por la disciplina. Si
evito la disciplina, también impido alcanzar la santidad.
EN
EL GIMNASIO DE DIOS (EL ENTRENAMIENTO DE DIOS): (Hebreos
12:11)
El término “ejercitado” proviene de la palabra
griega “gumnos”, de la cual deriva la palabra “gimnasio”. El término gimnasio
hace referencia a realizar ejercicios, llevar a cabo un entrenamiento físico o
disciplinar el cuerpo. La disciplina que Dios aplica, aunque resulte
desagradable en el momento, es muy similar al entrenamiento de un atleta. El
ejercicio del atleta parece más bien doloroso que placentero mientras se
realiza; sin embargo, después, el atleta observa crecimiento y desarrollo como
resultado de esas experiencias. De igual manera, la fe crece a medida que
soportamos la disciplina de Dios. En el gimnasio de Dios soy ejercitado; al
ejercitarme, voy adquiriendo el carácter de Dios, y al adquirir el carácter de
Dios, puedo ver a Dios.
Si evito la disciplina, también obstaculizo la santidad.
Solo es posible vivir en santidad cuando uno participa de Su carácter santo. Es
fácil vivir en santidad cuando uno se disciplina y participa de Su carácter
santo; pero para quienes no lo hacen, resulta difícil.






