Marcos 11:12-14, 20-24
Esta escritura para unos se les hace difícil para creer. Cuando escuchan
predicar sobre estos versículos, dicen: “No puede ser tan fácil”. ¿Por qué
dicen eso? Lo dicen basándose en una experiencia personal. Dicen: “Oré y no
pasó nada”. Dios no respondió mi
oración, “¿Por qué?” Muchos intentan justificar este versículo o
buscarle excusas.
HABLA A TU MONTAÑA:
Una montaña es cualquier obstáculo que se interpone en tu camino. Jesús hablaba
con las cosas y enseñó que "cualquiera" también podía hablar con las
montañas. Ante los obstáculos, la mayoría de los cristianos oran a Dios. Pero
Jesús nos dijo que habláramos directamente con el obstáculo y le dijéramos que
se quitara del camino. No hay nada de malo en hablar con Dios. Deberías hacerlo. Pero cuando
algo está bloqueando tu progreso, Jesús dijo que tú debes decirle que se quite
del camino.
La mayoría de los cristianos solo hablan con Dios sobre la montaña, en lugar
de seguir las instrucciones de Jesús y hablar directamente con la montaña. En
Mateo 17:20 Jesús dijo: “Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo que si
tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Pásate de aquí
allá”, y se pasará; y nada os será imposible.” Según Jesús, la incredulidad nos
impide hablar con nuestras montañas.
En Lucas 11:9-10: Jesús dijo: “Todo el que pide, recibe”, no solo unos
afortunados. ¡Jesús dijo que todos recibirán lo que pidan con fe! Según
Santiago 4:3, la razón por la que algunos no reciben respuesta a sus oraciones
es porque piden mal.
La Biblia nunca nos dice
que le hablemos a Dios sobre nuestra montaña, aunque lo hacemos muy a menudo.
Le contamos a Dios sobre nuestra montaña y esperamos que Él resuelva el
problema, que el mueva nuestra montaña. Debemos comprender y creer que Dios ya
nos ha dado el poder para mover esa montaña.
LAS
MONTAÑAS PUEDEN HABLARNOS
Vemos en el versículo 14
que la higuera le estaba hablando a Jesús. Jesús le respondió a la higuera,
ella le habló; Él le respondió. ¿Alguna vez tus problemas te han hablado? Te
dicen:
1. Las cosas nunca
cambiarán, "siempre has sido así".
2. Ya lo has intentado
antes y has fracasado.
3. No eres lo
suficientemente inteligente.
4. A nadie le caes bien.
5. No eres nadie.
6. “¡No lo vas a
lograr!”
NO PASA NADA CUANDO LE HABLO A MI MONTAÑA
Dices: “Oré y no pasó
nada”. Dios no respondió mi oración, “¿Por qué?” Cuando Jesús le habló a la
higuera, parecía que no paso nada. Nada sucedió externamente, pero algo estaba
ocurriendo internamente. Algo estaba sucediendo en la raíz del árbol (el
problema).
Cuando le hablas a tu
montaña, puede parecer que no sucede nada, pero en ese momento algo comienza a
suceder en lo espiritual, detrás de la cortina. Hay un lapso de tiempo entre la
oración y la respuesta porque la oración es un asunto espiritual. Cuando oramos
lo primero que tenemos que hacer es quitar la vista de nuestra montana,
comienza a adorar y agradecer a Dios; después de un rato, cuando sientas el Espíritu
Santo venir sobre Ud. Ese es el momento de hablarle a tu montaña.
Vemos en Hechos 9:40 que
después de que Pedro les pidió a las personas que salieran de la habitación, se
arrodilló de espaldas al cuerpo y oró. No se quedó allí mirando el cuerpo. No
te quedes ahí mirando tu montaña (problema), adora y agradece a Dios por la
respuesta. Mientras Pedro oraba, el Espíritu vino sobre él y se volvió hacia el
cuerpo y le dijo a Tabita que se levantara. Fue una oración corta:
"Tabita, levántate". Su oración no se centró totalmente en el problema.
No oró: "Tabita, levántate", una y otra vez, reprendiendo a la
muerte.
¿QUE PUEDES HACER PARA
REMOVER TÚ MONTAÑA?
Hablemos sobre las montañas en sus vidas. Ya saben a cuáles me refiero:
esos obstáculos imponentes que parecen insuperables, esos desafíos tan grandes
que afectan su paz, su alegría y su fe. Quizás sea una dificultad financiera,
una relación rota, un problema de salud o un sueño que parece inalcanzable.
Cualquiera que sea su montaña, recuerde esta verdad: “¡Tienen el poder de
hablar a sus montañas, y por la autoridad de Jesucristo, se moverán¡”
En Marcos 11:23, Jesús dice: “De cierto les digo que si alguno dice a
este monte: ‘Quítate de ahí y échate en el mar’, y no duda en su corazón, sino
que cree que lo que dice sucederá, le será hecho”. Esto no es solo una alegoría;
es un principio divino. Jesús nos enseña que nuestras palabras, impulsadas por
la fe, tienen el poder de cambiar lo imposible. ¿Que puedes hacer para remover
tu montaña?:
IDENTIFICA TU MONTAÑA:
El primer paso para hablar a tu montaña es identificarla. ¿Qué se
interpone en tu camino? ¿Qué te causa miedo, duda o frustración? Sé específico.
Nómbrala. Ya sea miedo, adicción, escasez, enfermedad o desánimo, no puedes
vencer lo que te niegas a enfrentar. Saca tu montaña a la luz y recuerda que no
estás solo en esta batalla. Dios está contigo y ya te ha dado la victoria.
HABLA CON FE, NO CON
MIEDO:
Las palabras que pronuncias tienen poder. Proverbios 18:21 nos dice: “La
muerte y la vida están en poder de la lengua”. Cuando te enfrentas a tu
montaña, tienes una opción: puedes pronunciar palabras de miedo y derrota, o
puedes pronunciar palabras de fe y victoria. En lugar de decir: “Este problema
es demasiado grande”, declara: “Con Dios, todo es posible” (Mateo 19:26). En
lugar de decir: “No puedo hacer esto”, declara: “Todo lo puedo en Cristo que me
fortalece” (Filipenses 4:13). Las palabras llenas de fe activan las promesas de
Dios en tu vida. Cuando le hables a tu montaña, hazlo con confianza, sabiendo
que el mismo Dios que separó el Mar Rojo, que cerró la boca de los leones y que
resucitó a Jesús de entre los muertos está luchando por ti.
APÓYATE EN LAS PROMESAS
DE DIOS:
La palabra de Dios es tu fundamento. Cuando le hablas a tu montaña, no
estás hablando con tus propias fuerzas, sino que te apoyas en las promesas de
Dios. Su palabra es viva, activa y más cortante que cualquier espada de doble
filo (Hebreos 4:12). Cuando la duda te asalte, recuérdate sus promesas:
1. “Ninguna arma forjada
contra ti prosperará” (Isaías 54:17).
2. “El Señor peleará por
ustedes; ustedes solo quédense quietos” (Éxodo 14:14).
3. “Echen toda su
ansiedad sobre él, porque él cuida de ustedes” (1 Pedro 5:7).
Escribe estas promesas. Medita en ellas. Decláralas sobre tu situación.
Cuando alineas tus palabras con la palabra de Dios, sueltas el poder de Dios en
tus circunstancias.
ORA CON AUTORIDAD:
La oración no es solo una petición; es una declaración. Cuando oras,
estás ejerciendo tu autoridad como hijo de Dios. Jesús dijo: “Todo lo que pidan
en oración, crean que ya lo han recibido, y les será concedido” (Marcos 11:24).
Acércate a tu montaña con valentía y confianza, sabiendo que se te ha dado
autoridad en el nombre de Jesús. Orar no se trata de rogarle a Dios que mueva
la montaña; se trata de ordenar a la montaña que se mueva en el nombre
de Jesús. Mantente firme en tu fe y no vaciles. Recuerda, la batalla no es
tuya; es del Señor.
CONFÍA EN EL TIEMPO DE
DIOS:
A veces, la montaña no se mueve de inmediato. Aquí es donde entran la fe,
la paciencia y la perseverancia. Confía en que Dios está obrando tras cortinones,
incluso cuando no puedes verlo. Su tiempo es perfecto y sus caminos son más
altos que los nuestros (Isaías 55:8-9). Mientras esperas, continúa declarando
vida, continúa apoyándote en sus promesas y continúa creyendo que él es fiel.
ACTÚA:
La fe sin obras está muerta (Santiago 2:17). Mientras le hablas a tu
problema, no olvides dar pasos prácticos de fe. Si tu problema es financiero,
crea un presupuesto y busca consejo sabio. Si tu problema es una relación rota,
da pasos hacia la reconciliación. Si tu problema es de salud, sigue el consejo
de tu médico mientras confías en Dios para la sanidad. La fe no es pasiva; es
activa. Confía en que Dios guiará tus pasos a medida que avanzas.
CELEBRA LA VICTORIA POR
ADELANTADO:
Una de las maneras más poderosas de enfrentar tu problema es alabar a
Dios por adelantado por la victoria. Así se manifiesta la fe: agradeciendo a
Dios por lo que está a punto de hacer, incluso antes de verlo. Cuando alabas a
Dios en medio de la tormenta, cambias tu enfoque del problema a quien lo
resuelve. Declaras que Dios es más grande que tu problema e invitas su
presencia a tu situación.
TU MONTAÑA SE MOVERÁ:
Ninguna montaña es demasiado grande para Dios. Él es el creador del
universo y el autor de tu vida. Cuando le hablas a tu montaña con fe, te unes a
Él para que Su voluntad se cumpla en tu vida.
Te desafío a que te mantengas firme. Háblale a tu montaña. Ordénale que
se mueva en el nombre de Jesús. Declara sus promesas sobre tu vida y, al
hacerlo, recuerda esto: el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los
muertos vive en ti (Romanos 8:11). Eres más que vencedor por medio de aquel que
te ama (Romanos 8:37). Tu montaña se moverá. Tu gran avance está por llegar. Tu
victoria está asegurada. Sigue hablando, sigue creyendo y sigue confiando.
¿Cuál es la montaña en tu vida? ¿Qué se interpone en tu camino? ¿Qué te
impide avanzar y cumplir el plan de Dios?
1. ¡Habla la Palabra de
Dios a esa montaña!
2. Habla con el diablo y
sus fuerzas y diles que se aparten de tus asuntos.
3. Habla con la
enfermedad y dile que no puede permanecer en tu cuerpo.
4. Habla con las deudas y
la escasez financiera y diles que se vayan de tu vida.
5. Habla con la duda, el
miedo y la preocupación y diles que desaparezcan.
Si dices: “no puedo creer que me sirva de algo hablar con
los problemas”, por eso todavía los tienes.

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